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Eric Rohmer La Coleccionista

julio 19, 2023

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Se va a llevar una sorpresa al enterarse de que el dueño de la casa le dejó también una habitación a la joven Haydée, una de sus amantes, la cual rompe su reposo con los ruidos que hace cada noche cuando se acuesta con sus distintos amantes. Cine al más puro estilo Eric Rohmer con diálogos recargados para individuos algo planos. La historia desea ahondar en los rincones mucho más íntimos de humano, si bien por instantes, pueda parecer lenta y insípida. Por su parte, Rohmer no dará una solución al ideal de arte-vida que perseguía Adrien hasta varios años después, en El romance de Astrea y Celadón (Les Amours d’Astrée et de Céladon, 2007).

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Adicionalmente, consecutivos reencuadres van cerrando los planos propios, entre aquéllos que llama la atención uno de Haydée que parece resistirse a dejar fuera de plano sus muslos desnudos —que recorre distraídamente con el dedo—, como si no pudiese dejar su condición de objeto erótico, extraño al paisaje —acabará mostrando sus axilas con exactamente el mismo desparpajo—. Poco después, a lo largo de otra excursión a la cala con Adrien, Rohmer regresa a recrearse en una Haydée en bikini mediante un zoom, seguido de planos aspecto de sus piernas —en este momento resaltadas por el movimiento juguetón de su pie izquierdo— y de su nuca y espalda.

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Ante la actitud aparentemente indiferente de Adrien, Haydée semeja admitir los propósitos de serenidad y descanso declarados por los 2 hombres. De a poco, no obstante, Adrien acaricia en su imaginación la idea de que Haydée quiere seducirle, añadiéndolo a su «colección». El firme propósito de Adrien, un joven bien similar que comercia con (y teoriza sobre) maravillas artísticas, es pasar un verano distanciado de su prometida sin hacer nada que le exponga a la mínima turbación, más allá de leer o darse un ocasional chapuzón en los aledaños de la casa de campo de su amigo Rodolphe. Esperando allí la única compañía de otro amigo, Daniel —supuesta alma gemela cuyos actos, sin embargo, no siempre parecen refrendar la admiración de Adrien por él—, con gran decepción revela que su ausente benefactor ha invitado asimismo a Haydée, a cuya belleza (ya presentada en el prólogo) suma un empeño sin igual para acumular amantes noche tras noche.

Forma una de las experiencias mucho más estimulantes del cine moderno, ìque su creador prolongaría en otros ciclos. Adrien, dueño de una galería de arte, pasa unas vacaciones en una villa ubicada en Saint Tropez. Comparte la vivienda con Haydée, a la que califica de “coleccionista de hombres” por su actitud libertina con ellos.

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Adrien, dueño de una galería de arte, desea estar un mes tranquilo sin realizar nada. Sin embargo, al llegar a la vivienda de campo de un amigo se encuentra con Daniel, un pintor conceptual, y con la joven Haydée, una atractiva chica con mucho éxito entre los hombres.

eric rohmer la coleccionista

Para Adrien, la muchacha es una “coleccionista” de hombres que amenaza sus proyectos de serenidad y ocio en tranquilidad . La comunión entre la Naturaleza (ideal de paisaje) y la Antigüedad (ideal de espíritu) que Poussin representa en proyectos como «Paisaje con tranquilidad» (1651), para Rousseau y su epígono en la ficción rohmeriana es un constructo intelectual, algo que no se deriva de forma directa de los cánones legados por los ancestros, sino de su apreciación crítica. Es decir, mientras que el paisaje moral de Poussin se asegura sin resistencia por el propio peso de la tradición y el relato mítico, el paradigma cultural ilustrado rechaza los dos como fuentes de validación, lo que obliga a desarrollos filosóficos que preserven el paisaje de tensiones ajenas y lo doten de su propia ética, ajena a héroes y leyendas. De hecho, la zozobra de los individuos de la posterior serie Comedias y proverbios de Rohmer se aproxima más en espíritu al autor ruso que los ámbitos controlados de los Cuentos morales.

Realizar a Haydée indisociable del paisaje en términos visuales equipara las opciones de la vida a las del arte; o sea, sustituye el relato ética por una imagen crítica del mismo. El segundo largometraje de Eric Rohmer fue, en realidad, el tercero de sus ì»cuentos morales», serie que había iniciado con el corto «La ìboulangère de Monceau» (1962) y el mediometraje «La carrière de Suzanne» ì(1963).

Su estado de ánimo se refleja, por poner un ejemplo, en el modo perfecto reportaje en que Rohmer rueda las zonas turísticas por las que deambula, con cámara en movimiento y teleobjetivos —el planeta real se infiltra definitivamente—, rematado con un broche cómico cuando el joven paga su furia con un turista. En su inconformismo acaba involucrando a Sam, un coleccionista real de arte a quien procura usar para volcar el tablero y aclarar el rol de Haydée en su cosmos. Adrien y Jenny decide pasar el verano separados, ya que ella desea ir a Londres, al paso que él prefiere quedarse en la playa, en la casa que les prestó un amigo en Saint Tropez a él y a su amigo Daniel. Pero el comprensión se va a romper en el momento en que jugando, Haydée rompe el jarrón chino del coleccionista, que está a punto de abofetearla, impidiéndoselo Adrien.

Como apuntábamos más arriba, la fotografía da la razón a Adrien en cuanto al sentido del retiro y el abandono a lo natural. Sin forzar el éxtasis estético de, por poner un ejemplo, los paisajes de Emmanuel Lubezki para Terrence Malick o Alfonso Cuarón, hay algo de belleza descubierta, inmanente, en los de Almendros.

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Todo nos devuelve al prólogo y a aquella mirada de voyeur, que Adrien no consigue sobrepasar —la joven perturba mucho más que jamás su cobijo bucólico—, ni siquiera abandonarse a ella, al negar Haydée sus cariños en esa escena. Una clara derrota en los términos del propio Adrien, atrapado en un escenario cuyo marco definió él y absolutamente nadie más. Adrien y Jenny forman una pareja permanente, pero han decidido pasar el verano separados.

Aunque algo de determinado hay, no es así menos que los relatos empiezan a parar de ser variantes en el instante en que las imágenes los elevan a esa plenitud textual de la que hablaba Rohmer. Es decir, lejos de hacer elementos fílmicos equivalentes, su férrea idea teorética ejerce de punto de acompañamiento para impulsar cada uno a la singularidad que le corresponde por la naturaleza de sus imágenes. Y, si bien Daniel se niega a seguirle el juego, Adrien los termina descubriendo juntos en la cama, lo que acaba provocando tensiones en la convivencia, tras lo que ella retoma su historia previo, volviendo a salir de manera habitual. Con motivo del estreno de «Indiana Jones y el Dial del Destino”, el aparato de Decine21, compuesto por José María Aresté, Pablo de Santiago y Juan Luis Sánchez, dice el largo sin spoilers, y examina la carrera en el cine del arqueólogo aventurero. Como todas las semanas, los tertulianos recomiendan una película reciente, una serie y un clásico.

En el momento en que comienza a sospechar que la muchacha procura seducirle, Adrien se ofrece no caer en la tentación, manteniéndose a distancia. Adrien tiene contactos con Sam, un coleccionista de arte al que desea venderle un jarrón chino, aguardando además de esto que le financie el montaje de una exclusiva galería, y le pide a Haydée que sea amable con él, lo que ella acepta de buen grado, llegando a mostrarse prácticamente como una aliada cuando al día siguiente Sam agrede a Adrien criticando sus punto débiles. Comparte la vivienda con Haydée, a la que califica de «coleccionista de hombres» por su actitud libertina….